
Justapaz fortalece su incidencia territorial en el Comité Internacional del FOSPA rumbo al XII Foro Social Panamazónico 2026
La misericordia y la verdad se encontraron;
La justicia y la paz se besaron.
La verdad brotará de la tierra,
Y la justicia mirará desde los cielos.
Salmo 85:10-11
El día 17 de marzo se tuvo un encuentro con el consejo Menor de Pie de Pepe, quienes hacen parte de la iglesia que se ha venido acompañando desde Justapaz en el proceso de reparación al ser víctimas del conflicto armado. Este encuentro se da como parte del proceso El tejido de la reconciliación, el cual tiene el objetivo de realizar un proceso de reconciliación interno con las personas del territorio. Así, esta primera jornada, titulada El Círculo de la Palabra y la Verdad, deseaba reconocer la historia del Consejo Menor y generar espacios de validez y sanidad simbólica.

La reparación no se queda en el reconocimiento del Estado de las comunidades y personas como víctimas del conflicto; sino que implica un proceso espiritual, psicosocial y comunitario también que permita que las comunidades puedan sanar sus raíces, su historia y, al vivir con ello, no sea el dolor el constante, sino la memoria de lo vivido desde la sanidad.
Así, la memoria viene a ser un eje central en los procesos de reconciliación, porque implica reconocer la historia, abrazarla, consolarla y sembrar nuevos frutos de amor en medio de las grietas que el conflicto y la violencia crearon.
Durante el encuentro presencial, la comunidad abrió su corazón para contar su historia, recordando su vida antes del conflicto, durante la presencia de los grupos armados y cómo fueron resilientes en medio del temor y el miedo que llegó a sus vidas por los hechos ocurridos.
No obstante las historias desgarradoras no fueron las únicas que estuvieron en el espacio, también se contaron esos momentos que les daba unidad a la comunidad. Este ejercicio se realizó en el marco de Cartas a la esperanza, pidiéndoles que contaran que los mantenía unidos y con esperanza. Algunas de las cosas mencionadas fueron:
- La agricultura era parte esencial de tod@s, vivían tranquilos con su tierrita, sus cultivos y los tiempos de cosecha.
- En las noches se reunían a hablar, toda la comunidad le daba tiempo a la koinonia, disponiéndose a contar historias, chistes, saberes.
- La comunidad estaba para todos, cuando alguien necesitaba apoyo o un padre se iba, todos cubrían las necesidades de las familias / todos quedaron separados, ya no hay unidad ni contacto con las demás personas.
Su principal esperanza reposa en ser reparados y reconocidos como víctimas. Aunque el proceso ha sido lento, esperan en Dios que todo pueda mejorar y ellos tengan algo, así sea pequeño, que les permita volver a tener una luz de vida. Saben que el Estado no lo es todo, pero sí consideran que es importante que haya un proceso de reconocimiento a su comunidad que fue afectada por el conflicto.
En forma de cierre se realizó un mandala con elementos simbólicos para la comunidad. Llevaron frutos de árbol, frutas, cañas, tierra, piedras, artesanías y pusieron en el centro palabras que deseaban compartir, que abrigaran todo lo que habían sentido y pudiese arropar las historias que se compartieron en la jornada. Palabras como amor, esperanza, diálogo, memoria, perdón, sanidad, Dios, misericordia, justicia, verdad, entre otras, se sembraron como luz para sus corazones.
La memoria colectiva permite unir a la comunidad que debido a las afectaciones del conflicto armado se ha separado. Así, la oralidad se convierte en el centro de los espacios de confianza, permitiendo que como dice el salmo, la verdad se abrace con la misericordia; las personas participantes pudieron verse y compartir juntos no solo una historia de vida, sino también un abrazo de resistencia y resiliencia como ejemplo de reconciliación personal y comunitaria.











