
Justapaz y SweFOR fortalecen estrategias de protección para la defensa de los derechos humanos
El webinar nacional «Reconstruyendo el tejido roto« se realizó desde la Escuela Casa de Saberes: Navegando historias de paz y reconciliación en el Sur de Chocó, con lideresas conectadas desde Chocó, Córdoba, Bogotá, Putumayo y Nariño. Su lema fue: hoy tejemos desde nuestra memoria e historias para sanar juntas, reconciliarnos y construir paz. A pesar de la lluvia, los truenos y los cortes de energía, esa noche no se vio interrumpida y honra al dolor continuo desde las respiraciones colectivas, las narrativas de resistencia, la gratitud y el tejido incidente compartido.
Este tejido inició con el análisis contextual de la diferencia entre justicia restaurativa y retributiva. En entendimiento colectivo, se definió que la justicia restaurativa es «aprender a arreglar problemas sin estar pensando en venganza», mientras que la retributiva es «me hiciste daño, te voy a cobrar lo que me hiciste». También se afirmó que la «JEP no es impunidad; es cambiar prisión por verdad y reparación».
Desde las comunidades surgió además una exigencia de participación. Se planteó que un proceso con la JEP debería incluir «la vocería de las verdaderas víctimas, para saber si los acuerdos son acordes con sus víctimas», y se señaló que hoy se ve a «muchas familias inconformes con algunos procesos». Para las comunidades, la justicia restaurativa es una pregunta por quién es escuchado y quién decide, más que un concepto técnico.
Luego del aterrizaje contextual, se ubicó el presente desde el cual cada participante brindaba a la jornada su escucha, dignidad, esperanza, equidad, participación, comprensión y empatía. En la palabrería se abrieron los micrófonos para reconocer las luchas, el dolor vivido en torno al Conflicto Armado en Colombia y, dentro de los mayores aportes del espacio, está la conciencia de que el dolor vivido, en territorios distintos, es compartido: «Gracias por escuchar, y a mí también me gusta escuchar a las mujeres, y ahí entiendo que yo sola no he vivido momentos difíciles», dijo una de las hermanas durante la jornada. Este espaciono negó ni evitó el dolor; al contrario, lo abrazo como un sentir humano que puede ser llorado, expresado delante de Dios y sostenido en comunidad, centrándonos en que el dolor puede ser honrado cuando reconocemos lo que nos ha afectado, sin dejar que ese dolor tenga la última palabra sobre la vida.
«Bienaventuradas las que lloran, porque ellas recibirán consolación».
Mateo 5:4
Desde el compartir de pérdidas de hijos, hermanos, esposos e hijos reclutados por la guerra, durante esa noche las comunidades hacían memoria y compartían sus esfuerzos por la reparación, «es difícil de superarlo, reconociendo que por más que uno quiera borrar los sucesos es imposible; ninguna reparación llena el vacío que un ser amado deja ーalgo es claroー sabemos que se tiene que seguir adelante, pero nunca olvidamos», comentó una mujer con la voz quebrada. Sin negar lo ocurrido, se continua tejiendo la vida.
También se reconocieron las dificultades y vacíos que persisten en los territorios. En el caso de La Mojana, se señaló que las mesas de víctimas no lograron contar con la participación esperada debido, entre otras razones, al temor de las comunidades a expresar públicamente lo vivido en sus territorios. Esta situación evidencia la necesidad de fortalecer las garantías de seguridad, participación y confianza para que las víctimas puedan ejercer su derecho a ser escuchadas.
En este sentido, la justicia restaurativa implica también generar garantías para la participación efectiva de las comunidades y reconocer sus voces, experiencias y necesidades en los procesos de reparación y reconstrucción del tejido social, el cual debe ser constante e intencional.
Dios creó las lágrimas para liberar el alma; qué bonito que podamos acompañar nuestros corazones abiertos, vulnerables y conectados. El dolor es algo que compartimos y que honramos esta noche.
Reflexionamos sobre la vasija rota, inspirada en el Kintsugi, fue uno de los momentos simbólicos del encuentro. Esta práctica japonesa propone reparar las piezas de cerámica quebradas haciendo visibles sus fracturas, en lugar de ocultarlas o desecharlas. Las líneas que unen nuevamente la pieza no buscan devolver exactamente a lo que era antes de romperse; por el contrario, hacen parte de una nueva historia en la que las marcas del daño permanecen visibles y adquieren un nuevo significado.
Este simbolismo permitió establecer un vínculo profundo con la reconciliación y la justicia restaurativa. Reconciliar no significa borrar lo ocurrido, olvidar el dolor o actuar como si las heridas nunca hubieran existido. Implica reconocerlas, escuchar a quienes han sido afectados, asumir responsabilidades y abrir caminos para reconstruir los vínculos. Desde esta perspectiva, la vasija puede representar a una persona, una comunidad o un territorio que ha experimentado pérdidas, violencias, conflictos o rupturas. Sus fracturas representan aquello que ha sido quebrado, mientras que el proceso de reparación simboliza los esfuerzos por reconocer el daño, asumir responsabilidades, reparar en la medida de lo posible y reconstruir la confianza y el tejido comunitario.
Durante el ejercicio, las participantes dieron a esta metáfora significados propios como la posibilidad de “envolver algo valioso”, “reciclar y reutilizar, más no desechar”, Ambas expresiones resaltan una idea fundamental: aquello que ha sido afectado o quebrado no pierde necesariamente su valor y merece ser cuidado y resignificado; «Aunque nos quebramos nuestras piezas no pierden el valor y siempre podemos, con el poder de Dios, paciencia, amor, con ayuda de otros y muchas veces solos, restaurarnos», fue lo comentado por una de las participantes. Desde esta mirada, la restauración además de partir de un proceso individual, se fortalece con el acompañamiento, la fe, solidaridad y esperanza. Para las comunidades de fe, la justicia restaurativa puede convertirse así en una práctica que reconoce el dolor, dignifica a quienes han sido afectados y abre posibilidades para reconstruir la vida y los vínculos.
Un elemento especialmente significativo del Kintsugi es que el oro no borra las grietas: las hace visibles. Esta idea permitió comprender que reparar no necesariamente significa volver al estado anterior al daño. En muchos casos, significa construir nuevas condiciones para continuar, reconociendo lo sucedido y aprendiendo de las marcas que permanecen. La reparación, por tanto, no pretende ocultar la historia, sino darle un lugar y posibilitar que aquello que fue quebrado pueda adquirir un nuevo sentido.
La reflexión sobre la restauración también se relacionó con el territorio y la identidad de las comunidades. Al recordar alimentos, cultivos y prácticas propias, como el pescado encocado, la cocada, el cacao y la huerta orgánica, las participantes reconocieron que estos elementos hacen parte de su memoria y de la manera en que se conectan con su territorio. Como expresó una de ellas: «vi iluminada nuestra huerta orgánica, hermosa». Así, restaurar también significa recuperar lo que da vida a la comunidad, fortalecer el vínculo con el territorio y valorar sus saberes y prácticas.
Así, la vasija rota dejó de ser únicamente un objeto para convertirse en una metáfora de las personas, las comunidades y los territorios que, aún después de atravesar experiencias de dolor y ruptura, conservan su valor y capacidad de reconstrucción y resiliencia. La justicia restaurativa aparece entonces no solo como una respuesta frente al daño, sino como un camino para reconocer las heridas, escuchar las voces, fortalecer los vínculos y construir nuevas posibilidades de vida en comunidad.
Una certeza compartida es que reconstruir el tejido roto no significa volver a ser lo que éramos antes de la ruptura, sino encontrar, juntas y juntos, formas de continuar la vida reconociendo las huellas de lo vivido. Además de honrar las heridas que dejó el conflicto armado se evidenció la capacidad de las comunidades para acompañarse, sostenerse y seguir construyendo esperanza.
Las palabras compartidas al finalizar el encuentro recogieron este sentir. Una de las participantes expresó:
«Qué lindos estos espacios. Aunque de diferentes territorios nos encontramos con circunstancias que rompen, pero que Dios, con su plan reparador y sanador, los permite para que en equipo nos acompañemos».
Se agradecieron “los abrazos tan bonitos” y la posibilidad de “recibir cada uno los mensajes de amor”. Estas voces muestran que el encuentro fue una experiencia concreta de escucha, acompañamiento y reconocimiento mutuo.
También quedó abierta una pregunta fundamental para los procesos de reconciliación: ¿qué significa encontrarnos con quienes causaron el daño? La justicia restaurativa invita a mirar no solamente a quienes fueron víctimas, sino también a quienes tuvieron responsabilidad en los hechos, reconociendo que la restauración requiere verdad, responsabilidad y reparación.
Esto no significa exigir a las sobrevivientes que perdonen, ni desconocer el dolor o las responsabilidades existentes. El perdón, cuando llega, pertenece a un proceso personal y no puede imponerse. La pregunta, entonces, no es únicamente “¿estoy dispuesta a perdonar?”, sino también: ¿qué necesito para sanar?, ¿qué tendría que ocurrir para que exista reparación?, ¿qué responsabilidades deben ser asumidas y qué condiciones necesitamos para volver a confiar?
En este sentido, el encuentro mostró que la reconciliación es un camino y no solo un punto de llegada. Se construye cuando hay escucha, verdad, participación efectiva de las víctimas, reconocimiento del daño, responsabilidad, reparación y garantías para que las violencias no se repitan. Para las comunidades de fe, este camino encuentra además un horizonte de esperanza: creer que, aún en medio de las fracturas, es posible acompañarse, recuperar la dignidad y volver a tejer comunidad.
El webinar Reconstruyendo el tejido roto hizo visible que la justicia restaurativa no es solamente un concepto jurídico. Es una manera de relacionarnos con el dolor, con la memoria, con quienes han sido afectados, con quienes tienen responsabilidades y con los territorios que han vivido la violencia. Es escuchar antes de responder, reconocer antes de reparar y comprender que sanar no significa olvidar.
Al final, el tejido se reconstruye puntada a puntada: escuchando, recordando, acompañando, reparando y abriendo espacio para la esperanza.
-Andrea Ricardo Castro Serrano








