
Bosques Comestibles: Sembrando Reconciliación y Esperanza en los Territorios de Abades

Más de 40 líderes territoriales culminan la Escuela VIDA de Justapaz para fortalecer la agroecología y la paz en Colombia
«Quisieron enterrarnos, pero no sabían que éramos semilla.»


Hay encuentros que no solo se celebran, se siembran. El 5 de marzo de 2026, en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, Justapaz convocó una vigilia nacional que reunió a 138 mujeres de distintos territorios del país. No era solo un evento en pantalla: era un acto colectivo de memoria, resistencia y esperanza. Era, en el sentido más profundo de la palabra, una siembra.
La vigilia Somos Semillas tomó su nombre de una verdad que muchas mujeres conocen desde adentro: que incluso cuando el contexto intenta enterrarlas, ellas no se detienen. Germinan. Porque las semillas no le temen a la oscuridad, la habitan, la atraviesan y desde allí buscan la luz. Así también las mujeres que participaron en este espacio: portadoras de historias difíciles que hoy se convierten en fuerza compartida, en raíz colectiva.
Un espacio que se abrió como tierra fértil
Desde el primer momento, la vigilia se abrió como se abren los espacios sagrados: con la palabra que acoge, la oración que abraza y el silencio que también dice. Entre voces diversas, la fe se tejió como un hilo invisible pero firme, sosteniendo lo que duele y nombrando lo que aún sueña. Se evocó la imagen de lo pequeño que tiene un poder inmenso, como la semilla de mostaza, capaz de romper la tierra y dar fruto donde nadie esperaba.
Las espiritualidades presentes fueron diversas: desde tradiciones bíblicas hasta saberes ancestrales y comunitarios. Todas confluyeron en un mismo reconocimiento: la fe, cuando nace de la vida real y de las luchas cotidianas, se convierte en motor de transformación. No es una fe que escapa del mundo, es una fe que lo habita, lo cuestiona y lo reimagina.
El arte acompañó este camino como el agua que nutre la semilla: canciones que sanan, poemas que devuelven al origen, actos simbólicos que conectan con los elementos de la naturaleza. En cada gesto y en cada mirada compartida se reafirmó que las mujeres no solo cuidan la vida, la recrean. No solo resisten, reimaginan el mundo.
Territorios en una misma raíz
Chocó, Nariño, Sucre, Atlántico, Putumayo, Caldas, Córdoba y muchos otros rincones del país estuvieron presentes en la vigilia como cuerpos, historias y luchas que latieron juntas; Uno de los hilos más potentes de la vigilia fue el llamado a la participación política de las mujeres. Porque sembrar no es solo un acto espiritual o comunitario , es también un acto político. Y votar, incidir, organizarse, alzar la voz en los espacios de decisión: todo eso es siembra. Desde distintos territorios, las voces de mujeres fortalecieron la pedagogía electoral con perspectiva de género, a reconocer el liderazgo de las mujeres como una fuerza transformadora legítima y necesaria, y a no ceder los espacios públicos que han costado tanto conquistar. Las mujeres presentes no solo fueron convocadas a participar , fueron reconocidas como las semillas que ya están transformando sus comunidades desde adentro.
El diálogo territorial puso sobre la mesa realidades concretas: las barreras culturales, sociales y políticas que aún limitan la participación de las mujeres en la vida pública; las violencias de género que persisten y que no siempre tienen nombre ni denuncia; y la soledad que a veces acompaña el liderazgo en contextos de conflicto o marginalidad. Pero también emergió, con fuerza, la capacidad organizativa que las mujeres han construido para enfrentar esos obstáculos , juntas, desde la sororidad, desde la convicción de que ninguna siembra es en vano.
Solidaridad como práctica política
La vigilia tuvo también un gesto especial de solidaridad con las mujeres de Córdoba, departamento que atravesaba una crisis profunda en el momento del encuentro. Nombrarlas, recordarlas, sostenerlas desde la distancia fue un acto político en sí mismo. Porque la solidaridad entre mujeres no es un gesto menor ni decorativo: es una forma de sostener el mundo cuando parece desmoronarse. Esa solidaridad atravesó toda la vigilia como una corriente subterránea. En el chat de Zoom, entre mensajes de distintas regiones, mujeres compartieron sus historias de maltrato superado, de aprendizaje colectivo, de fe recuperada. «Vivi maltrato físico y psicológico , eso me ha convertido en una mujer valiente», escribió una participante desde Nariño. «Las mujeres no tenemos precio. Juntas somos más que vencedoras», decía otra desde Antioquia. Esas palabras no eran testimonios aislados: eran semillas que también estaban siendo sembradas en tiempo real.
Un cierre que fue un comienzo
El encuentro cerró entre arte, gratitud y memoria , un gesto colectivo que honró a quienes, desde distintos lugares, continúan sosteniendo la vida y la esperanza. Música que evocó la herencia de mujeres valientes, palabras de cierre que recordaron la fuerza de lo colectivo, y compromisos sembrados en voz alta por la construcción de paz y la continuidad de la siembra: «Yo me comprometo», escribieron muchas en el chat. No como formalidad, sino como promesa viva.
Porque eso fue la vigilia Somos Semillas: un proceso que continúa en cada mujer que regresó a su territorio con algo nuevo , una imagen, una certeza, una red de hermanas en las que apoyarse.
Marzo cerró, sí. Pero lo que se sembró en ese espacio no cierra. Las semillas no funcionan así. Se plantan, se riegan, se cuidan , y un día, cuando menos se espera, rompen la tierra y buscan el sol. Así también estas 138 mujeres: raíces que se encontraron bajo la tierra y que ahora, cada una desde su lugar situado, siguen empujando hacia la luz.





