
Samaniego: el encuentro de memoria donde el dolor se transforma en misión

Memoria, Laboratorio de saberes
Iglesias Santuario de Paz
La segunda vuelta presidencial del 21 de junio de 2026 dejó ver un país atravesado por profundas diferencias políticas, sociales y territoriales. El resultado electoral abre un nuevo ciclo para Colombia y, con él, preguntas e incertidumbres sobre el rumbo de las políticas de paz, la protección de los derechos humanos y las posibilidades de diálogo en los territorios.



En medio de este nuevo escenario, Justapaz reafirma una convicción que ha orientado su caminar durante años: la construcción de paz no comienza ni termina con un gobierno.
Los contextos políticos cambian. Las instituciones se transforman. Los espacios de interlocución pueden ampliarse o reducirse. Pero en los territorios permanece algo profundamente valioso: las comunidades que se organizan, las iglesias que acompañan incansablemente, las mujeres que cuidan la vida, las juventudes que imaginan futuros distintos y los liderazgos que, aun en medio de la adversidad, siguen apostándole a la reconciliación y a la noviolencia. Ese tejido sigue ahí. Y es precisamente en momentos de incertidumbre cuando necesitamos volver a reconocer su fuerza.
Justapaz continuará acompañando a comunidades de fe, liderazgos territoriales y procesos comprometidos con la prevención de las violencias, la protección de niñas, niños y adolescentes y la construcción de alternativas de paz comunitarias. Lo hará desde la autonomía que ha caracterizado su misión, sin depender de partidos o gobiernos y manteniendo su compromiso con la dignidad humana, la justicia, la equidad de género y el cuidado de la vida.
El nuevo escenario político requerirá atención y discernimiento. Será necesario observar los cambios institucionales, defender los espacios de participación y diálogo, fortalecer las rutas de protección y mantener una ciudadanía activa frente a las decisiones que puedan afectar a las comunidades y los territorios históricamente golpeados por la violencia. Pero vigilar no significa vivir desde el miedo. Significa permanecer atentos y atentas. Significa cuidar lo construido. Significa fortalecer las capacidades comunitarias para defender la vida y continuar abriendo caminos de diálogo allí donde otros levantan fronteras.
La polarización política puede hacernos creer que nuestras diferencias son más grandes que aquello que compartimos. Por eso, uno de los desafíos de este tiempo será recuperar los espacios donde podamos volver a escucharnos. En las comunidades y en las iglesias conviven distintas maneras de comprender el país. Esa diversidad no tiene que convertirse en ruptura. Puede ser también una oportunidad para practicar una forma distinta de relacionarnos: conversar sin deshumanizar, disentir sin destruir los vínculos y encontrarnos alrededor de aquello que nos une.
Los espacios comunitarios de conversación, los encuentros entre liderazgos y las iniciativas de diálogo promovidas desde los territorios pueden convertirse en lugares para reconstruir confianza. Porque la paz también comienza así: cuando una comunidad decide seguir hablando; Cuando una iglesia abre sus puertas al encuentro; Cuando una persona joven descubre que su futuro no tiene que estar marcado por la violencia; Cuando una mujer puede ejercer su liderazgo sin miedo; Cuando un territorio reconoce que tiene una voz y decide hacerla escuchar.
En este momento de transición política, Justapaz puede volver a cinco convicciones que han sostenido su trabajo durante años:
Primera: no empezamos de cero.
Antes de esta elección ya existían comunidades organizadas, iglesias comprometidas y liderazgos sembrando paz. Ese tejido construido con paciencia continúa vivo. Nuestra tarea es reconocerlo, fortalecerlo y cuidarlo.
Segunda: nuestra misión trasciende los gobiernos.
Justapaz no se define por quién ocupa el poder. Su compromiso está con las comunidades y con principios que permanecen: la dignidad humana, la justicia, la noviolencia, la equidad de género y la construcción de paz desde los territorios.
Tercera: la fe nos llama a ser personas pacificadoras.
En tiempos de polarización, volver al Evangelio significa recordar que nuestra tarea no es profundizar las divisiones, sino construir puentes. Los espacios de diálogo y encuentro son también una forma concreta de vivir nuestra espiritualidad.
Cuarta: la esperanza también se organiza.
Esperar no significa quedarse quietos. La esperanza se expresa cuando las comunidades participan, hacen veeduría, defienden sus derechos, acompañan a quienes están en riesgo y crean alternativas frente a la violencia. Es una esperanza activa, comunitaria y noviolenta.
Quinta: seguiremos sembrando.
Tal vez no podamos controlar todos los cambios que vienen, pero sí podemos decidir cómo responder a ellos. Podemos elegir cuidar los vínculos, fortalecer las comunidades y mantener abiertos los caminos de diálogo.
La palabra de Dios nos recuerda:
“Honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes.” 1 Pedro 3:15
Hoy, dar razón de nuestra esperanza significa seguir presentes. Significa acompañar a las comunidades cuando sienten incertidumbre. Defender la dignidad cuando es amenazada. Crear espacios de encuentro cuando la polarización intenta separarnos. Y recordar que incluso en los escenarios más complejos siempre existen personas y comunidades dispuestas a cuidar la vida. El país entra en un nuevo ciclo político y habrá cambios que tendremos que comprender y monitorear. Pero nuestra misión permanece.
La paz sigue sembrandose dia a dia desde los territorios.
Se siembra en cada conversación que vence al miedo. En cada comunidad que se organiza. En cada iglesia que decide ser santuario de paz. En cada liderazgo que protege la vida. En cada joven que encuentra una alternativa a la violencia. Y mientras existan comunidades dispuestas a seguir sembrando, habrá razones para la esperanza.





